Trasplante de córnea: ¿es tan frecuente el rechazo?
Cada semana, en la consulta, alguien se sienta frente a mí con la misma pregunta enquistada: «Doctor, ¿y si mi cuerpo lo rechaza?». La pregunta tiene todo el sentido del mundo.
Telmo Quirós, Oftalmólogo clínico y cirujano refractivo·Actualizado: 29 de agosto de 2026·8 min de lectura

Llevamos décadas explicando a los pacientes que un trasplante de riñón o de corazón exige compatibilidad, medicación de por vida y un riesgo permanente de rechazo. Pero la córnea —ese parabrisas transparente que cubre el ojo y sin el cual no ves nada— juega en otra liga. La pregunta correcta no es si puede haber rechazo, que puede, sino en qué medida depende de la técnica que utilicemos y del estado en que se encuentre tu ojo antes de entrar en quirófano. Ahí está la diferencia entre un riesgo del 1 % y uno cercano al 70 %. Y esa diferencia, créeme, no es un detalle menor.
Voy a desmenuzarlo como lo haría en una sesión clínica, sin paños calientes y sin la propaganda que circula por ahí.
El privilegio inmunológico: por qué la córnea es un caso aparte
La córnea es el único tejido del cuerpo humano que se trasplanta de forma rutinaria sin pruebas de compatibilidad HLA ni cruzamiento de grupos sanguíneos. Esto no es magia ni trampa comercial: es biología pura. En condiciones normales, la córnea carece de vasos sanguíneos y de vasos linfáticos. Los linfocitos —los soldados del sistema inmune que patrullan la sangre y alertan de tejidos extraños— simplemente no tienen una vía rápida para llegar al tejido donado. A este fenómeno lo llamamos privilegio inmunológico corneal, y es la razón por la que, en condiciones ideales, el rechazo es la excepción y no la regla. Llevamos operando con esta ventaja desde 1906, cuando se realizó el primer trasplante corneal con éxito, y la medicina comprendió formalmente el porqué décadas después, hacia los años cincuenta.
El problema aparece cuando ese privilegio se rompe. Y se rompe casi siempre por la misma causa: neovascularización corneal previa, es decir, cuando vasos sanguíneos anómalos invaden la córnea. ¿Por qué ocurre? Por infecciones repetidas, queratitis crónicas, uso prolongado de lentes de contacto, traumatismos, queratoconjuntivitis vernal o cirugías previas. Una córnea vascularizada deja de ser un territorio oculto para el sistema inmune y se convierte en territorio vigilado. Ahí el escenario cambia radicalmente.
La córnea sin vasos sanguíneos es invisible para tu sistema inmune. En cuanto aparecen vasos, se enciende la alarma.
Tasas de rechazo según la técnica: no es lo mismo sustituir una capa que todo el espesor
Aquí es donde muchos pacientes —y algunos colegas que deberían saberlo mejor— se hacen un lío. No existe «un» trasplante de córnea. Hoy tenemos al menos dos grandes familias técnicas con tasas de rechazo radicalmente distintas.
| Parámetro | Queratoplastia penetrante (PK) | Trasplante lamelar (DMEK / DSAEK) |
|---|---|---|
| Qué se sustituye | Toda la córnea, de lado a lado | Solo la capa dañada (habitualmente endotelio) |
| Tasa de rechazo | 10–35 % | < 5 % en DMEK; 1–10 % en DSAEK |
| Indicación típica | Opacidades totales, leucomas extensos, queratocono avanzado | Distrofias endoteliales (Fuchs, bullosa), edema corneal |
| Suturas | Múltiples, finas, y prolongadas (a veces más de un año) | Mínimas o inexistentes |
| Tiempo de recuperación visual | Más lento, hasta 12–18 meses | Rápido en DMEK, de días a pocas semanas |
La diferencia es brutal. La queratoplastia penetrante (PK), la técnica clásica, sustituye toda la córnea y expone el injerto completo al ojo. La tasa de rechazo se mueve entre el 10 % y el 35 % según la complejidad del caso. En cambio, las técnicas lamelares como DMEK o DSAEK —que reemplazan únicamente las capas afectadas, normalmente el endotelio— bajan ese riesgo a cifras por debajo del 5 % en DMEK endotelial y entre el 1 % y el 10 % en DSAEK. Si tu caso se puede resolver con una técnica lamelar, las probabilidades de rechazo se desploman. Punto. No hay peros.
Por eso insisto en algo que muy pocos pacientes preguntan en consulta y que debería preguntar todo el mundo: qué técnica te van a hacer exactamente. Porque «trasplante de córnea» puede significar un riesgo del 1 % o un riesgo del 30 %, dependiendo del bisturí que entre en tu ojo.
Pregunta siempre qué técnica te van a aplicar. La diferencia entre «un» trasplante de córnea puede ser la diferencia entre un 1 % y un 35 % de rechazo.
Factores que disparan el riesgo: vascularización, reinjertos y ojo único
Hay tres escenarios donde el privilegio inmunológico se esfuma y el rechazo pasa de improbable a casi esperable. Si estás en alguno de ellos, hay que cambiar la conversación.
1. Córnea vascularizada previa. La presencia de vasos sanguíneos en la córnea receptora elimina el privilegio inmunológico. En córneas con neovascularización grave, la tasa de rechazo supera el 50 %. Antes de cualquier trasplante hay que evaluar angiográficamente la córnea y, si está muy vascularizada, intentar «limpiar» esos vasos antes de operar (con anti-VEGF, láser argón, fotocoagulación o estrategias de inmunosupresión preoperatoria). Saltarse este paso es invitar al rechazo.
2. Reinjertos. Si el primer trasplante fracasó y hay que volver a operar, el riesgo se multiplica. Las series publicadas muestran tasas de rechazo cercanas al 70 % en un segundo trasplante. El ojo ya está sensibilizado, la anatomía está alterada, y hay inflamación crónica acumulada. Aquí la prudencia es máxima, y la indicación quirúrgica se pesa con bisturí fino y segunda opinión incluida.
3. Ojo único funcional. Cuando al paciente le queda un solo ojo con visión útil, cualquier complicación se vive con más crudeza. No es que cambie la biología, pero cambian las decisiones terapéuticas: el umbral para tratar un posible rechazo es más bajo, y la vigilancia, más estrecha y más larga.
La ventana que salva el injerto: detección precoz y reversibilidad
El rechazo corneal no avisa con un grito. Avisa con un susurro. Estos son los síntomas de alarma que el paciente trasplantado debe reconocer sin dudarlo:
- Ojo rojo que no calma con lágrimas artificiales, especialmente si aparece de novo meses después de la cirugía.
- Visión borrosa que regresa o empeora semanas o meses después de una recuperación inicial buena.
- Sensibilidad anormal a la luz (fotofobia) que no estaba antes.
- Sensación de cuerpo extraño, arenilla o molestia persistente.
- Dolor ocular (menos frecuente, pero significativo cuando aparece).
Si alguno de estos síntomas aparece en los primeros 6 a 12 meses postoperatorios, considéralo una urgencia oftalmológica hasta que se demuestre lo contrario. ¿Por qué la urgencia? Porque aproximadamente el 90 % de los episodios de rechazo agudo se revierten si se detectan a tiempo y se tratan de inmediato con colirios de corticosteroides tópicos de alta potencia, a veces reforzados con inyecciones subconjuntivales o tratamiento sistémico. Pasada esa ventana —o si el paciente ignora los síntomas durante semanas— la reversibilidad cae en picado y el injerto puede quedarse nublado de forma permanente.
Si notas el ojo rojo y la visión borrosa meses después de un trasplante, no esperes a la cita con tu especialista. Acude a urgencias oftalmológicas. Cada día cuenta, literalmente.
El protocolo de seguimiento que aplico en consulta es exigente: revisiones frecuentes durante el primer año, instrucciones explícitas sobre síntomas de alarma, y educación al paciente —y a su familia, si hace falta— para que identifique el problema antes de que sea tarde. El colirio de mantenimiento (habitualmente un corticoide suave como la prednisolona al 0,1 %) no es opcional: durante meses, es la frontera entre un injerto que sobrevive y uno que fracasa.
Supervivencia a largo plazo: lo que pasa cuando pasan los años
Un dato que muchos pacientes no escuchan antes de operarse y que conviene masticar despacio: la supervivencia del injerto no es plana. Cae con el tiempo, aunque el postoperatorio inmediato haya ido perfecto.
- Al primer año: supervivencia en torno al 87–90 %.
- A los 5 años: desciende al 70–75 %.
- A los 10 años: cae al 40–60 %.
Y aquí conviene distinguir dos cosas que a menudo se confunden y que no son lo mismo. El rechazo inmunológico es un ataque agudo del sistema inmune, que aparece típicamente en los primeros meses y, bien tratado, suele responder. La falla endotelial crónica, en cambio, es el desgaste natural de las células del injerto con el paso de los años. No es un ataque inmune; es un reloj biológico. Conocemos casos de injertos que funcionan 20 o 30 años, y otros que claudican a los 8–10. Factores como la edad del donante, la técnica quirúrgica, las enfermedades asociadas del receptor (glaucoma, ojo seco severo, diabetes, uveítis) y los cuidados postoperatorios inclinan la balanza en uno u otro sentido.
No te voy a engañar: no tenemos todavía series largas de seguimiento a 20 años de DMEK o DSAEK porque son técnicas jóvenes. Pero la lógica endotelial sugiere que cuidar las células del injerto (mediante control de glaucoma, hidratación, protección UV y tratamiento agresivo del ojo seco) puede prolongar la vida del trasplante muchos años más.
El veredicto
El trasplante de córnea no es un procedimiento de riesgo uniforme. Es, probablemente, el trasplante de tejido con menores tasas de rechazo del cuerpo humano, pero solo si respetamos dos condiciones: que la córnea siga siendo avascular y que la técnica quirúrgica sea la más conservadora posible para tu caso concreto.
Si tu córnea está vascularizada, si ya fracasó un primer injerto o si te ofrecen una queratoplastia penetrante cuando tu patología podría resolverse con un DMEK, las probabilidades cambian radicalmente. Ahí toca frenar, evaluar, y si es posible, buscar una segunda opinión antes de pasar por quirófano. Que nadie te opere con prisas.
El rechazo corneal es evitable en muchos casos y reversible en la gran mayoría de los detectados a tiempo. Pero solo si sabes qué mirar, cuándo actuar y a quién preguntar. Esa es la parte que no te cuenta ningún folleto publicitario y que, en consulta, repito tantas veces como haga falta hasta que la respuesta quede tatuada.