Desprendimiento de retina tras cirugía refractiva: un caso de estudio
El desprendimiento de retina tras cirugía refractiva existe, pero no es la complicación habitual que muchos pacientes imaginan al leer una lista de riesgos. Después de LASIK, la incidencia descrita se sitúa aproximadamente entre el 0,04 % y el 0,36 %.
Telmo Quirós, Oftalmólogo clínico y cirujano refractivo·Actualizado: 13 de septiembre de 2026·15 min de lectura

Tras PRK, ronda el 0,08 %. Son cifras bajas. No conviene maquillarlas, pero tampoco convertirlas en una amenaza genérica para cualquiera que se opere de la miopía.
La pregunta clínica correcta no es simplemente si el paciente se ha sometido a una operación láser ocular. La pregunta es otra: ¿qué retina tenía antes de entrar en quirófano? En muchos casos, el factor dominante no está en la córnea tratada por el láser, sino en la anatomía del ojo miope, en sus tracciones vítreas y en la longitud axial del globo ocular.
Lo digo así en consulta porque el lenguaje impreciso genera dos errores opuestos. Un paciente puede atribuir cualquier problema retiniano a la cirugía, aunque aparezca años después y tenga relación con su miopía. Otro puede pensar que, como la operación fue técnicamente sencilla, ya no necesita vigilancia. Ninguna de las dos conclusiones es aceptable.
La realidad estadística: una complicación infrecuente, no una imposibilidad
LASIK y PRK actúan sobre la córnea. La córnea es el parabrisas del ojo: modifica la entrada de la luz y, al cambiar su curvatura, corrige parte del defecto refractivo. La retina está en la parte posterior del globo ocular, tapizando su interior y convirtiendo la luz en señales nerviosas. Son estructuras distintas, con problemas distintos.
Esto no significa que una cirugía corneal sea irrelevante para todo lo que ocurre dentro del ojo. Durante el LASIK se utiliza un anillo de succión que eleva temporalmente la presión intraocular y permite crear el flap corneal. También se ha estudiado el posible efecto de las ondas de choque del láser excímer sobre el vítreo. Pero una hipótesis fisiológica no equivale a una causalidad demostrada. En medicina ocular conviene separar ambas cosas, aunque la prudencia venda menos titulares.
Los datos disponibles sitúan el desprendimiento de retina regmatógeno tras LASIK en estos márgenes:
| Procedimiento o situación | Incidencia aproximada de desprendimiento de retina |
|---|---|
| LASIK | 0,04 %–0,36 % |
| PRK | Alrededor del 0,08 % |
| LASIK en una cohorte de seguimiento prolongado | 0,19 % a los 10 años |
| Pacientes miopes en general | 1,02 % |
| Población no miope | 0,1 %–0,3 % |
La comparación más importante está en la última parte de la tabla. Las personas con miopía ya presentan un riesgo retiniano superior al de la población no miope. Por eso, cuando aparece un desprendimiento después de una cirugía refractiva, la cronología no basta para culpar a la intervención. Que un hecho ocurra después de otro no demuestra que el primero haya causado el segundo. Es una regla básica de epidemiología y, por suerte, también de sentido común.
En una cohorte de 22.296 ojos sometidos a LASIK, el desprendimiento de retina apareció en el 0,19 % de los casos a los diez años. El tiempo medio de aparición fue de 31,6 meses después de la intervención. Ese dato tiene una lectura sencilla: el riesgo no se concentra necesariamente en los primeros días del postoperatorio. Puede manifestarse bastante más tarde, cuando el paciente ya ha dejado de pensar en la operación.
La cirugía puede mejorar la córnea y no borrar la biología de una retina miope.
Qué significa realmente ese porcentaje
Un 0,04 % no es cero. Tampoco es una condena. Es aproximadamente un caso por cada 2.500 intervenciones si se toma ese extremo inferior como referencia, aunque las cifras reales dependen de la población estudiada, del tiempo de seguimiento y de las características anatómicas de los pacientes.
El intervalo del 0,04 % al 0,36 % es amplio. No debe utilizarse como una cifra universal aplicable a cualquier clínica o a cualquier persona. Las series incluyen perfiles diferentes: miopías de distinta magnitud, edades diversas, exploraciones retinianas no idénticas y periodos de seguimiento variables. La estadística clínica sirve para dimensionar el problema, no para adivinar el destino de un ojo concreto.
Lo que sí permite afirmar es esto: el desprendimiento de retina después de una cirugía refractiva corneal es poco frecuente, pero potencialmente grave. Si ocurre, requiere valoración oftalmológica urgente. No es una molestia postoperatoria que se resuelva esperando a que el ojo se acostumbre.
El papel determinante de la miopía magna y la longitud axial
La miopía no es solo una graduación escrita en una receta. En muchos ojos miopes, especialmente en la miopía magna, el globo ocular se alarga de delante hacia atrás. La retina queda extendida sobre una superficie mayor y algunas zonas periféricas pueden presentar degeneraciones, adelgazamientos o adherencias anómalas con el vítreo.
La longitud axial superior a 26 milímetros se considera un factor de riesgo elevado en el contexto de la miopía magna. No es el único dato que importa, pero ayuda a entender por qué dos pacientes con la misma graduación pueden no tener el mismo perfil retiniano. La refracción mide cómo enfoca el ojo. La longitud axial ayuda a explicar qué arquitectura tiene ese ojo.
Cuando el vítreo cambia con la edad o sufre una separación posterior, puede ejercer tracción sobre un punto débil de la retina. Si se produce una rotura, el líquido puede pasar a través de ella y separar la retina de las capas subyacentes. Ese es el mecanismo del desprendimiento de retina regmatógeno. La cirugía refractiva puede formar parte de la historia clínica, pero la tracción vítreorretiniana y la anatomía miope suelen ser piezas más relevantes del rompecabezas.
Por eso, antes de una cirugía refractiva no basta con medir la córnea y calcular la ablación. Hay que mirar el fondo de ojo con dilatación cuando el perfil del paciente lo requiere, valorar la periferia retiniana y preguntar por antecedentes familiares, traumatismos, síntomas vítreos y cirugías previas. Si la exploración periférica es deficiente, el estudio está incompleto. Así de simple.
El paciente que exige una valoración retiniana más cuidadosa
No existe una lista mágica que convierta a una persona en candidata o no candidata por un solo dato. Sin embargo, algunos perfiles merecen una exploración especialmente meticulosa:
- Miopía magna o eje ocular claramente alargado.
- Antecedentes personales de roturas retinianas, degeneraciones periféricas o desprendimiento de retina.
- Familiares de primer grado con desprendimiento de retina.
- Destellos luminosos nuevos, aumento brusco de las moscas volantes o una sombra en el campo visual.
- Traumatismos oculares previos.
- Cirugía intraocular anterior, incluida la implantación de lentes fáquicas.
- Dificultad para explorar completamente la retina periférica.
En estos pacientes, la conversación no debe reducirse a si el láser elimina las gafas. Primero hay que responder a una cuestión más básica: si la retina tolera razonablemente el contexto anatómico y el plan quirúrgico.
La cirugía refractiva no trata la miopía estructural del ojo. Trata su componente óptico. Esta diferencia parece académica hasta que el paciente confunde ver bien sin gafas con haber dejado de ser miope a nivel retiniano. La graduación puede desaparecer del papel. El ojo largo sigue siendo largo.
¿El microquerátomo o el láser pueden provocar la rotura?
Esta es la duda que más se repite: si el anillo de succión eleva la presión intraocular o si el láser produce ondas de choque, ¿puede romperse la retina durante la operación?
La respuesta honesta tiene dos partes. Sí, se han planteado mecanismos teóricos y se han estudiado sus posibles efectos sobre el vítreo y la retina. No, la evidencia disponible no permite afirmar que LASIK o PRK causen directamente el desprendimiento de retina en ojos sanos por el mero hecho de haber utilizado el procedimiento.
El anillo de succión produce una elevación transitoria de la presión intraocular. Ese fenómeno forma parte de la técnica y se controla con protocolos quirúrgicos. También se han considerado las ondas de choque del láser excímer como un factor hipotético. Pero demostrar que existe una variación de presión o una onda mecánica no demuestra que esa variación sea la responsable de una rotura retiniana concreta.
En la práctica, cuando un paciente miope presenta un desprendimiento meses o años después del LASIK, hay que estudiar:
1. La magnitud de la miopía previa y la longitud axial del ojo.
2. El estado de la retina periférica antes de la cirugía, si existe documentación.
3. La presencia de degeneraciones, agujeros o tracciones vítreas.
4. La edad y la evolución del vítreo.
5. Los antecedentes de traumatismo o cirugía intraocular.
6. El intervalo entre la cirugía refractiva y el desprendimiento.
7. La existencia de factores independientes de riesgo.
Este análisis no pretende exculpar automáticamente a la cirugía. Pretende atribuir cada problema a su mecanismo real. En oftalmología, la prudencia no consiste en señalar al último procedimiento realizado. Consiste en reconstruir la anatomía, la cronología y la fisiopatología.
No confundamos una hipótesis mecánica con una causa probada: la retina miope no deja de estar expuesta porque el paciente vea sin gafas.
LASIK, PRK e implantes fáquicos no son lo mismo
Cuando se habla de cirugía refractiva, se mete todo en el mismo saco. Es un error. LASIK y PRK remodelan la córnea. Las lentes fáquicas, como las ICL, se implantan dentro del ojo sin retirar el cristalino natural. El perfil de riesgos es diferente y no se pueden trasladar automáticamente las cifras de una técnica a otra.
La incidencia de desprendimiento de retina tras implante de lente fáquica se ha situado en algunas series entre el 0,7 % y el 2,07 %. Estas cifras no deben utilizarse para afirmar que una técnica es universalmente peligrosa ni para comparar procedimientos sin conocer las características de los pacientes. Quien recibe una lente fáquica suele tener una miopía más elevada o una córnea menos adecuada para una ablación corneal amplia. El riesgo basal de ese grupo ya puede ser distinto.
La elección quirúrgica, por tanto, no debería responder solo a la pregunta de qué técnica elimina más dioptrías. Hay que valorar el grosor y la biomecánica corneal, la cámara anterior, el endotelio, el cristalino, la retina, la longitud axial y las expectativas visuales. El ojo no es una pieza intercambiable. No admite decisiones de catálogo.
Los síntomas que no deben esperar
Las complicaciones postoperatorias de una cirugía láser pueden incluir sequedad, fluctuaciones visuales, halos, deslumbramiento o molestias que suelen manejarse dentro del seguimiento habitual. El desprendimiento de retina pertenece a otra categoría. Sus signos de alarma exigen actuar con rapidez.
Consulta de urgencia si aparece alguno de estos síntomas, sobre todo si es nuevo, brusco o claramente distinto de lo habitual:
- Destellos luminosos repetidos, especialmente en la periferia del campo visual.
- Aparición repentina de muchas moscas volantes o puntos negros.
- Una cortina, sombra o zona oscura que avanza desde un lateral.
- Pérdida de visión periférica.
- Descenso de visión que no encaja con la evolución esperada.
- Distorsión visual asociada a síntomas vítreos nuevos.
No todos los destellos significan un desprendimiento de retina. No todas las moscas volantes son una urgencia. Pero el paciente no puede distinguir con seguridad una tracción vítrea inocua de una rotura retiniana mediante una búsqueda en internet o mirando si el síntoma mejora al cerrar un ojo. Hace falta una exploración del fondo de ojo, habitualmente con dilatación, y en algunos casos pruebas complementarias.
La regla práctica es incómoda pero clara: si hay síntomas nuevos compatibles, no se espera a la cita de revisión de la semana siguiente. No se conduce durante horas para pedir una segunda opinión mientras la sombra crece. No se prueba un colirio. Se busca atención oftalmológica urgente.
La rapidez importa porque una rotura retiniana detectada antes de que se desprenda la retina puede tratarse, en determinados casos, con fotocoagulación láser o crioterapia. Cuando el desprendimiento ya está establecido, el tratamiento suele requerir cirugía. El pronóstico dependerá de la localización, la extensión, el tiempo de evolución y, especialmente, de si la mácula está afectada.
Cronología del riesgo: el seguimiento no termina al retirar el protector
Muchos pacientes interpretan el alta visual como un alta retiniana. Son dos cosas distintas. Tras LASIK o PRK, la córnea puede estabilizarse y ofrecer una buena agudeza visual, mientras el riesgo relacionado con la miopía estructural sigue existiendo.
Un análisis retrospectivo a largo plazo describió un riesgo acumulado de desprendimiento de retina del 0,4 % al primer año, del 0,5 % a los dos años y del 0,7 % a los siete años tras LASIK. Estas cifras no deben leerse como una progresión inevitable en cada paciente, pero sí muestran por qué el seguimiento prolongado tiene sentido en determinados perfiles.
En otra serie, el tiempo medio de aparición fue de 31,6 meses. Es decir, el problema puede aparecer cuando el recuerdo de la intervención ya se ha desvanecido y el paciente ha dejado de considerarse un paciente oftalmológico. La retina no respeta ese calendario emocional.
La vigilancia debe adaptarse al riesgo individual. Una persona con miopía moderada, exploración periférica normal y sin antecedentes puede seguir un calendario distinto al de un paciente con miopía magna, eje axial largo, degeneraciones periféricas o historia familiar de desprendimiento. No hay premio por hacer revisiones idénticas para todos. Hay que revisar lo que el ojo necesita.
¿La fotocoagulación preventiva elimina el riesgo?
La fotocoagulación profiláctica de determinadas lesiones periféricas puede estar indicada en casos seleccionados. Pero no es un escudo absoluto. No existe consenso para afirmar que tratar preventivamente toda alteración periférica reduzca al cien por cien el riesgo de desprendimiento posterior a una cirugía refractiva.
Tampoco todas las degeneraciones retinianas requieren tratamiento. Una lesión periférica debe interpretarse en su contexto: aspecto, localización, síntomas, tracción, antecedentes y posibilidad de seguimiento. Convertir cada hallazgo en una sesión de láser preventivo es la versión retiniana del pensamiento mágico: hacer algo siempre parece mejor que observar, aunque no siempre lo sea.
La decisión debe tomarla un oftalmólogo con experiencia en retina o cirugía refractiva, después de explorar la periferia de forma adecuada y explicar qué problema se intenta prevenir. La prevención útil no consiste en acumular procedimientos. Consiste en detectar el riesgo relevante y actuar cuando el beneficio supera las molestias y los posibles efectos adversos.
Cuando hay que reparar la retina después de una cirugía refractiva
Si se produce un desprendimiento de retina, el objetivo prioritario es reaplicar la retina y cerrar las roturas. Según el caso, pueden emplearse técnicas como la vitrectomía, la colocación de una banda escleral, la retinopexia neumática o combinaciones de estas estrategias. La elección depende de la anatomía del desprendimiento, la localización de las roturas, el estado de la mácula, el cristalino y otros factores clínicos.
Aquí aparece un asunto que muchos pacientes descubren demasiado tarde: reparar la retina puede modificar la refracción. Después de una cirugía retiniana pueden aparecer astigmatismo secundario, cambios de graduación o anisometropía, es decir, una diferencia importante de graduación entre ambos ojos.
Esto no significa que la reparación haya fracasado. Significa que la prioridad quirúrgica era anatómica: salvar y reaplicar la retina. La calidad óptica se aborda después, cuando el ojo está estable.
La rehabilitación visual puede requerir:
- Gafas con una nueva graduación, si la diferencia entre ambos ojos es tolerable.
- Lentes de contacto adaptadas, especialmente cuando existe anisometropía relevante.
- Lentes de contacto diseñadas según la topografía corneal en casos complejos.
- Corrección del astigmatismo residual.
- Observación durante varios meses antes de decidir una nueva intervención refractiva.
En un ojo que ha sufrido una cirugía de retina, la tentación de corregir de inmediato la graduación residual debe frenarse. Primero hay que confirmar la estabilidad anatómica. Después se mide la refracción con paciencia. Y solo al final se decide si compensa una solución óptica avanzada o una nueva cirugía. El orden importa.
La rehabilitación no termina cuando la retina está aplicada
Una retina reaplicada es el objetivo principal, pero no siempre equivale a una visión perfecta. Si el desprendimiento afectó a la mácula, la recuperación puede ser parcial. Si la mácula permaneció aplicada, el pronóstico funcional suele ser más favorable, aunque cada ojo responde de forma diferente.
También influyen el tiempo hasta la cirugía, la existencia de proliferación vitreorretiniana, la presencia de gas intraocular o aceite de silicona y el estado del cristalino. El paciente debe recibir instrucciones específicas sobre vuelos, postura y revisiones cuando se ha utilizado gas. No son detalles administrativos. Cambian la seguridad del postoperatorio.
Una complicación retiniana después de LASIK no convierte automáticamente al LASIK en el culpable. Del mismo modo, que el desprendimiento tenga un mecanismo predominantemente relacionado con la miopía no reduce su gravedad. Se pueden sostener ambas ideas a la vez: la relación causal directa con la cirugía no está demostrada en la mayoría de los casos, y el episodio requiere una respuesta urgente y técnicamente exigente.
Mi veredicto clínico
El desprendimiento de retina tras cirugía refractiva es raro en términos absolutos, pero no debe descartarse ni dramatizarse. En LASIK, las cifras publicadas se mantienen por debajo del 1 %. En PRK, la incidencia estimada ronda el 0,08 %. El riesgo es más comprensible cuando se analiza la miopía de base, la longitud axial, las alteraciones vítreorretinianas y los antecedentes del paciente.
La operación láser no borra el riesgo retiniano de un ojo miope. Tampoco hay pruebas suficientes para afirmar que LASIK o PRK provoquen por sí mismos un desprendimiento en un ojo sin factores predisponentes. Culpar automáticamente al procedimiento es tan poco riguroso como ignorar los síntomas porque la intervención fue hace años.
Antes de operar, hay que explorar la retina. Después, hay que mantener un seguimiento proporcionado al riesgo. Y ante destellos nuevos, un aumento brusco de moscas volantes, una sombra o una cortina en el campo visual, hay que acudir a urgencias sin negociar con el calendario.
Mi conclusión es directa: la cirugía refractiva puede ser una herramienta segura y eficaz, pero no convierte la miopía en un recuerdo. La córnea puede quedar corregida. La retina sigue necesitando vigilancia.