Cómo la contaminación atmosférica acelera la aparición de glaucoma y cataratas
En la consulta me lo repiten cada semana: "Doctor, ¿por qué tengo glaucoma si soy joven?". La respuesta clásica — "es la edad" — me deja cada vez más insatisfecho.
Telmo Quirós, Oftalmólogo clínico y cirujano refractivo·actualizado 18 de septiembre de 2026

La partícula que no avisa: el ojo como segundo damnificado de la contaminación
Un equipo dirigido por el oftalmólogo Ahmed Alnabihi, del Hospital King Khaled de Riad, acaba de poner sobre la mesa una revisión de 41 estudios con millones de pacientes que apunta en otra dirección: las PM2,5, esas partículas microscópicas que salen del tubo de escape, de las chimeneas industriales y del humo que tragamos a diario, podrían estar detrás de buena parte de los casos de glaucoma y cataratas que veo cada lunes.
Lo que dice el estudio y lo que dice mi consulta
El análisis, presentado en Londres en la reunión de la Sociedad Europea de Cirujanos de Cataratas y Refractivos, comparó la exposición a partículas finas entre zonas contaminadas y zonas más limpias. Resultado: quienes vivían en las áreas más sucias llegaron a presentar hasta un 70% más de riesgo de glaucoma. Las cataratas, el otro gran elefante de mi agenda, también salieron peor paradas en las zonas con aire más sucio. La degeneración macular, en cambio, dio resultados menos consistentes: hay pistas, pero no todavía una sentencia firme.
Alnabihi lo resumió con una frase que suscribo punto por punto: "Estas enfermedades se etiquetan como 'relacionadas con la edad', como si el envejecimiento fuera el único culpable, pero eso siempre me pareció incompleto. Si algo ambiental está acelerando estas condiciones, eso cambia nuestra forma de pensar."
Por qué la córnea y el cristalino pagan el pato
Aquí viene la parte que más me interesa como clínico. Las PM2,5 son tan pequeñas que no se quedan en la nariz ni en los pulmones: pasan al torrente sanguíneo y disparan inflamación y estrés oxidativo. Con los años, ese cóctel va royendo dos estructuras clave: el nervio óptico, el cable que conecta el ojo con el cerebro, cuya degeneración abre la puerta al glaucoma; y el cristalino, la lente natural del ojo, cuya opacificación son las dichosas cataratas. En palabras del propio Alnabihi: "Con los años de exposición, estos efectos pueden dañar el nervio óptico, lo cual es relevante para el glaucoma, o el cristalino, que es relevante para la catarata."
Qué hago yo con esto en la consulta
De momento, poco y mucho. Poco, porque los datos son preliminares: hasta que la revisión se publique en una revista con revisión por pares, esto es una hipótesis sólida, no un diagnóstico. Pero mucho, porque cambia lo que pregunto. A mis pacientes con glaucoma de inicio precoz o con cataratas precoces ya les pregunto dónde viven, cuánto tráfico soportan, si trabajan cerca de polígonos industriales. No para asustarles, sino para abrir un frente que normalmente olvidamos: además de las gotas, la dieta y la cirugía, está el aire que respiran.
Mientras llegan políticas de calidad del aire más estrictas —más zonas verdes y menos tráfico en el centro, como piden los propios investigadores—, mi recomendación de cabecera para quien vive en ciudad es la de siempre: gafas de sol envolventes en días de pico, lavado con lágrima artificial al llegar a casa y, sobre todo, cero humo de tabaco dentro del cálculo. El ojo es el último órgano al que solemos proteger del aire que respiramos; visto lo visto, debería ser el primero.