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Una columna de Telmo Quirós

Lentes de contacto esclerales: mi experiencia superando el queratocono

Cuando una lente rígida roza una córnea irregular, el problema no es que el paciente «no se acostumbre» por falta de voluntad. Es que la lente está apoyada justo donde el queratocono ha deformado la superficie.

Telmo Quirós, Oftalmólogo clínico y cirujano refractivo·Actualizado: 23 de septiembre de 2026·10 min de lectura

Lentes de contacto esclerales: mi experiencia superando el queratocono

En consulta, esa diferencia cambia la conversación: en algunos casos, las lentes de contacto esclerales para queratocono permiten corregir la visión sin apoyar sobre la córnea.

Las esclerales no curan el queratocono ni detienen por sí solas su evolución. Su función es otra: crear una superficie óptica más regular y, a menudo, mejorar el confort cuando las lentes rígidas corneales resultan difíciles de tolerar. Conviene separar ambas cosas desde el principio. Una lente puede dar una visión excelente sin modificar la enfermedad que la hace necesaria.

Por qué las esclerales pueden funcionar cuando las rígidas corneales fallan

El queratocono altera la forma de la córnea, el tejido transparente que ocupa la parte frontal del ojo y actúa como su principal superficie refractiva. En lugar de mantener una curvatura regular, puede adquirir una forma más cónica e irregular. La luz deja de enfocarse de manera ordenada y aparecen visión borrosa, distorsión o imágenes duplicadas.

Una lente rígida permeable al gas corneal convencional se coloca sobre la córnea. En un queratocono, esa zona de apoyo puede ser precisamente la más irregular y sensible. La lente puede desplazarse, generar roce o resultar incómoda. No es una condena para todas las personas con queratocono, pero sí una limitación real en algunos ojos.

La lente escleral cambia el punto de apoyo. Tiene un diámetro mayor —entre 13 y 25 milímetros, frente a los aproximadamente 5-10 milímetros de muchas lentes rígidas corneales— y descansa sobre la esclera, la parte blanca del ojo. Así evita el contacto directo con la córnea. Entre ambas superficies queda un espacio que se llena de solución salina estéril sin conservantes.

AspectoLente rígida cornealLente escleral
Zona de apoyoCórneaEsclera
Diámetro aproximado5-10 mm13-25 mm
Relación con una córnea irregularPuede rozar o apoyarse de forma inestableLa lente la salva y crea un reservorio líquido
InserciónSe coloca sobre la córneaSe rellena con solución salina antes de insertarla

La comparación no significa que la escleral sea automáticamente superior. El diámetro grande exige una técnica de colocación distinta, una adaptación personalizada y un manejo cuidadoso. Pero cuando la córnea es muy irregular o la lente corneal no se tolera, cambiar el apoyo puede resolver una parte importante del problema.

En queratocono moderado o avanzado, especialmente cuando la curvatura corneal supera aproximadamente las 50-55 dioptrías, puede plantearse la opción escleral. Esa cifra orienta; no sustituye la valoración clínica. La forma del ojo, el estado de la superficie ocular, la calidad visual y la tolerancia individual también cuentan. No se elige una lente por una cifra aislada.

Si la lente corneal roza una córnea irregular, insistir en que el ojo se acostumbre no siempre es la respuesta. A veces hay que cambiar el diseño y el lugar de apoyo.

El reservorio lagrimal: una cámara líquida entre la lente y la córnea

La pieza central del diseño escleral no es solo su tamaño. Es el reservorio de líquido que queda bajo la lente. Antes de colocarla, se rellena con solución salina estéril sin conservantes. Una vez puesta, ese líquido ocupa el espacio entre la cara posterior de la lente y la superficie corneal irregular.

La lente rígida proporciona una superficie óptica regular. El líquido rellena las irregularidades que quedan debajo. En términos sencillos: la lente crea una nueva superficie por la que entra la luz, mientras el reservorio evita que el plástico rígido apoye directamente sobre el tejido corneal. Por eso puede mejorar tanto la calidad visual como la sensación de roce en pacientes que no toleran bien una lente corneal.

El reservorio también mantiene la superficie ocular hidratada durante el uso. Esto puede ser especialmente útil cuando la irregularidad corneal hace que otras lentes se muevan o irriten el ojo. Pero no conviene convertir una ventaja en una promesa universal: que la lente cubra la córnea con líquido no garantiza que cualquier persona vaya a sentirse cómoda desde el primer día.

Las esclerales están fabricadas con materiales rígidos permeables al gas. Es decir, no son lentes blandas, aunque el líquido bajo la lente pueda hacer que la sensación sea distinta. El material permite el paso de oxígeno hacia la córnea. La adaptación debe equilibrar ese aporte con el diseño y el espacio que queda bajo la lente; no basta con que la lente sea grande o que la visión sea nítida al probársela.

También importa qué ocurre al colocarla. Si queda atrapada una burbuja de aire en el reservorio, puede aparecer visión borrosa. No es una señal de que el ojo haya empeorado ni una peculiaridad que convenga ignorar: la lente debe retirarse, rellenarse de nuevo y colocarse correctamente. Una burbuja cambia el paso de la luz y arruina la calidad visual que se busca con este diseño.

Inserción segura: la solución salina no es un detalle menor

La lente escleral se rellena obligatoriamente con solución salina estéril sin conservantes. No con agua del grifo, no con una solución de mantenimiento cualquiera y tampoco con un producto que contenga conservantes para usarlo como relleno. La superficie ocular queda en contacto directo con el líquido atrapado bajo la lente; los conservantes pueden provocar irritación y toxicidad corneal.

Este es uno de esos puntos en los que no hay una versión casera equivalente. La solución adecuada forma parte del procedimiento de inserción, no es un accesorio intercambiable. Si se acaba, toca conseguir la indicada por el profesional que ha adaptado la lente; improvisar con otro líquido es una mala idea, aunque parezca transparente y limpio.

La maniobra puede requerir práctica porque la lente es mayor que una corneal convencional y debe entrar llena de líquido, sin aire atrapado. La técnica concreta depende del diseño y de la anatomía de cada ojo. En la consulta de adaptación deben enseñar cómo manipularla, cómo comprobar que no hay burbujas y cómo retirarla sin dañar la superficie ocular. Leer instrucciones generales no reemplaza esa enseñanza práctica.

Conviene detenerse si la visión queda borrosa justo después de la inserción o si aparece una burbuja visible en el reservorio. Retirar la lente y repetir la colocación suele ser más sensato que pasar el día intentando enfocar a través de un defecto de inserción. Si hay dolor, enrojecimiento marcado o una molestia que no se resuelve al quitarla, hay que consultar con el profesional que lleva la adaptación.

La higiene diaria también debe seguir las instrucciones específicas del adaptador y del producto utilizado. La limpieza de lentes esclerales no consiste simplemente en enjuagarlas con cualquier líquido al llegar a casa. Hay que distinguir entre la solución destinada a desinfectar y conservar la lente y la solución salina estéril sin conservantes que se emplea para rellenarla antes de ponerla. Son funciones distintas. No las mezcles ni las sustituyas por agua.

Adaptarse a una lente grande: la técnica también forma parte del tratamiento

La adaptación a lentes esclerales requiere más que medir una graduación y entregar una lente. El profesional valora la forma de la córnea, el apoyo sobre la esclera, el espacio bajo la lente y la respuesta del ojo. El objetivo no es solo alcanzar una imagen nítida en la consulta. También hay que lograr una lente estable, tolerable y compatible con la salud de la superficie ocular durante el uso.

No hay un plazo universal para acostumbrarse. La anatomía del ojo, el diseño escogido y la destreza al colocar y retirar la lente influyen en el proceso. Desconfía de las promesas de adaptación instantánea: una primera prueba puede orientar, pero no sustituye el seguimiento. Si la lente presiona, se mueve, deja burbujas o la visión fluctúa, esos datos sirven para ajustar el diseño o corregir la técnica.

Al principio, el manejo suele ser el reto más evidente. Una lente de mayor diámetro necesita una colocación más controlada que una lente corneal pequeña. Aprender a sujetarla, mantener el reservorio lleno y llevarla hacia el ojo sin derramar el líquido exige práctica. No es un defecto del paciente. Es una habilidad nueva, y la enseñanza presencial reduce errores evitables.

Para que la adaptación avance con criterio, el seguimiento debe atender a cuestiones concretas:

  • Visión: si es nítida al colocar la lente y si se mantiene estable. Un emborronamiento inmediato puede deberse a una burbuja o a un problema de ajuste, entre otras causas.
  • Confort: si hay presión, irritación o una molestia que aumenta con el uso. La idea de que toda incomodidad es normal al empezar no ayuda a detectar un mal apoyo.
  • Superficie ocular: el profesional debe comprobar cómo responde la córnea y si el diseño permite un uso seguro.
  • Manipulación: el paciente debe poder insertar y retirar la lente con una técnica consistente, además de mantener una higiene adecuada.
  • Rutina de mantenimiento: hay que usar los productos indicados para limpiar y conservar la lente, y la solución estéril sin conservantes para rellenarla.

La comodidad de las lentes esclerales puede ser una mejora notable frente a las rígidas corneales cuando estas rozan o se desplazan sobre una córnea irregular. Pero no es una garantía automática ni un permiso para ignorar señales del ojo. Una lente cómoda debe ser también una lente bien adaptada. Y una lente que da buena visión en una prueba breve todavía necesita controles.

Lo que corrigen y lo que no: compensar no es frenar el queratocono

Las lentes esclerales corrigen ópticamente la irregularidad. No revierten la deformación corneal ni deben presentarse como un tratamiento que cure el queratocono. Si la enfermedad progresa, la lente puede seguir siendo útil o necesitar ajustes, pero su función es compensar el defecto visual y mejorar la tolerancia, no detener la evolución por sí misma.

Esta distinción importa porque, cuando la visión empeora, la respuesta no siempre es cambiar de lente sin más. Hay que valorar si se trata de un problema de ajuste, de una burbuja, de cambios en la graduación o de una modificación de la córnea. La evaluación oftalmológica permite distinguir esos escenarios. La lente es una herramienta de corrección; el seguimiento de la enfermedad es otra parte de la atención.

En algunos casos, las esclerales pueden reducir o posponer la necesidad de una intervención, pero no eliminan la posibilidad de cirugía en todas las personas con queratocono avanzado. Presentarlas como una forma segura de evitar cualquier operación sería vender más certeza de la que existe. La decisión depende de la evolución y de las necesidades clínicas de cada paciente.

También conviene evitar la falsa competencia entre lentes. No se trata de que las esclerales sean la solución moderna y las rígidas corneales una reliquia. Las lentes corneales pueden ser adecuadas para algunos ojos; las esclerales tienen sentido cuando el apoyo corneal genera problemas o la irregularidad dificulta la adaptación. La buena opción es la que corrige bien, se tolera y mantiene la superficie ocular en condiciones seguras.

Mi veredicto clínico

Cuando una persona con queratocono no tolera una lente rígida corneal, las esclerales merecen una evaluación seria. Su apoyo sobre la esclera y el reservorio de solución salina pueden mejorar la calidad óptica y reducir el roce sobre una córnea irregular. Esa es una ventaja concreta, no un eslogan.

Pero exigen adaptación profesional, técnica de inserción y disciplina con la solución adecuada. No curan el queratocono, no garantizan comodidad en todos los ojos y no sustituyen el seguimiento de la enfermedad. Si estás valorándolas, pide una adaptación completa y aprende a colocarlas con seguridad. En contactología, la lente correcta importa; saber usarla importa igual.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre una lente escleral y una rígida corneal?
La principal diferencia es el punto de apoyo y el diámetro. Mientras que la lente corneal descansa sobre la córnea y mide entre 5 y 10 milímetros, la escleral se apoya en la parte blanca del ojo (esclera) y tiene un diámetro mayor, de entre 13 y 25 milímetros.
¿Por qué es necesario rellenar la lente escleral con solución salina?
El relleno crea un reservorio líquido que compensa las irregularidades de la córnea y evita que la lente rígida roce directamente con el tejido corneal. Es obligatorio usar solución salina estéril sin conservantes para evitar irritaciones o toxicidad.
¿Qué debo hacer si veo una burbuja de aire bajo la lente?
La presencia de una burbuja altera el paso de la luz y reduce la calidad visual. Debes retirar la lente, volver a rellenarla con solución salina y realizar una nueva inserción correctamente.
¿Las lentes esclerales pueden curar el queratocono?
No, las lentes esclerales no curan la enfermedad ni detienen su evolución. Su función es crear una superficie óptica regular para mejorar la visión y aumentar la tolerancia en pacientes que no soportan las lentes rígidas convencionales.
¿Es normal sentir molestias al empezar a usar lentes esclerales?
Aunque pueden mejorar el confort frente a las lentes corneales, no garantizan una adaptación inmediata. Si sientes presión, dolor o irritación persistente, debes consultar con el profesional que realizó la adaptación para ajustar el diseño o corregir la técnica de manipulación.